Hace muchísimo tiempo que no entraba por aquí y la verdad, os eché de menos! Os dejo un relato!
El comisario apoyó los pies en la mesa de su despacho, se aflojó la corbata granate que le había ahogado durante todos aquellos años, y se encendió un cigarro. Miró el reloj. Faltaban treinta minutos para que acabara todo. Toda una vida de trabajo para llegar a este punto. Un momento que había esperado durante muchos años y que por fin estaba al alcance de su mano. Su jubilación. Se notaba viejo, cansado de la vida y reacio, pero sabía que todos esos sentimientos iban a acabar cuando pasaran los treinta últimos minutos. De repente, sintió una fuerte opresión en el pecho. No le dio demasiada importancia. Había pasado cinco infartos, que no le habían llevado más allá de estar tres días en la cama de un hospital. En cuanto a otro tipo de dolores físicos, había sido objeto de diez disparos de bala, se había roto la pierna tres veces, su columna vertebral estaba destrozada y, además, había pasado una gripe que le tuvo más tiempo en el hospital que en las horas que había pasado con todos los infartos juntos. En cuanto a dolores sentimentales, su punto débil era el amor. El duro y fuerte Comisario Calumbo, del cual no diremos el nombre si es posible, nunca se había enamorado. Lo peor de todo es que era la cosa, aparte de su jubilación, que más había deseado en esta vida, pero nunca ninguna mujer había ablandado con su olor el corazón del duro y fuerte Comisario Calumbo. Además, pensándolo mejor, su imagen era muy importante en su trabajo y no podría consentir que su fama de duro se viera mermada por la dulzura de una pareja. Apagó el cigarro y sólo habían pasado tres minutos. Veintisiete minutos, eso le quedaba.
Sonó el timbre de comisaria y maldijo la conferencia de policías que se celebraba aquél día porque no había más gente en comisaría, sólo él y porque no había decidido asistir debido a su inminente jubilación. Hoy debía controlar todos los recados y realizar todas las denuncias que se efectuaran aquél día. No había sido un día duro. Solo dos denuncias de robo de bolsos y una pelea callejera que había terminado en una noche de calabozo para siete personas.
Contestó al telefonillo y le contestó una voz serena y tranquila.
-Hola, vengo a poner una denuncia de robo.
-Pase.
Se sentó en su mesa y esperó a la imagen del hombre. Treinta cámaras en la habitación controlaban todo lo que pasaba en ella. Se apretó la corbata y se sentó rectamente en la silla, que habían cambiado para la llegada del nuevo comisario.
Ante él apareció un hombre de apariencia normal. Tenía el pelo rubio, largo y rizado y una barba de tres días poblaba su cara. Vestido con una camiseta de manga corta y unos pantalones vaqueros, se sentó en la silla y contestó a la pregunta de qué le habían robado, arqueando las cejas
-El corazón.
El comisario se revolvió en su silla. Estaba cansado de todos aquellos drogadictos que iban a denunciar el robo de una jeringuilla o de un paquete de tabaco. La anécdota más grande fue cuando un joven fue a denunciar el robo de tres gramos de cocaína que llevaba en una bolsa de plástico.
-Déjese de tonterías, por favor. Ha sido un día duro y lo último que quiero hoy es que vengan cuando queda media hora para acabar mi turno diciéndome que le han robado el corazón.
El hombre no se inmutó.
-¿Tonterías? ¿Acaso cree que el amor es una tontería?
- No, no el amor, sino la denuncia que viene usted a efectuar.
El hombre inclinó el cuerpo hacia delante.
-¿Acaso nunca le han robado el corazón, señor comisario?
Una gota de sudor cayó desde la frente del comisario. La corbata empezó a ahogarle de repente y la silla parecía igual de incómoda que la pregunta que aquel hombre acababa de formularle.
-Eso ni le importa ni le interesa.
-Es triste, ¿Sabe?
El comisario bajó la mirada y buscó nervioso el papel de la denuncia. El hombre prosiguió su frase.
-Es triste que un hombre no haya podido tener el placer de enamorarse y de vivir el amor en toda regla.
El comisario contestó.
-No le he contestado a la pregunta, ¿Quién le dice que no esté casado?
-El desaparecido anillo en sus dedos. Bueno, ¿Me va a tramitar la denuncia?
El comisario asintió. Quería quitarse aquel peso de encima y en aquel momento habría tramitado hasta el asesinato de un mosquito con tal de despedir a aquel hombre que le hacía preguntas frías.
-Tiene que firmar aquí y aquí- Dijo señalando los huecos.
-Vale.
-Otra cosa. ¿Alguna pista sobre quién puede haberlo hecho?
Era una pregunta totalmente protocolaria, y debía hacerla ya que estaba siendo controlado por las cámaras.
-Mmm…-El hombre miró hacia arriba- Los principales sospechosos, para mí, son los ojos marrones más bonito que puedan existir en este mundo.
Firmó, se levantó y se fue.
El comisario se volvió a aflojar la corbata, pero todo su agobio había pasado cuando el hombre había abierto la puerta y su figura había desaparecido de su vista. Volvió a mirar el reloj. Le quedaban seis minutos. Cogió un vaso, lo llenó de agua y bebió.
Desde el primer momento en que se sentó en la silla y notó una fuerte presión en el pecho, supo que iba morir. El dolor le hizo tirar el vaso de agua al suelo y se retorció en el mismo llorando. Sus piernas pataleaban, como en un último intento para reanimar al corazón parado. Miró el reloj antes de cerrar los ojos y morir.
Un minuto.
El corazón del comisario, cansado de esperar a que alguien le robara, se había tomado la venganza y se había parado.
Espero que les guste!