Estaba reordenando mi biblioteca.
No es nunca una fácil tarea, se los puedo asegurar. Al mismo tiempo es una larga serie de descubrimientos, de hallazgos; tantos libros comprados y aún no leídos; otros atesorados desde la niñez; los especializados y técnicos; las novelas pasatistas; los que me abren la conciencia (como el zen, las enseñanzas sufíes); los de poesía que guardo más porque sus autores me los han regalado que por los poemas en sí mismos; los de arte, invaluables y amados, y los de narrativa escritos por los grandes de la literatura: imprescindibles en toda biblioteca que se precie, como la mía.
Todos desparramados en el `piso, listos para ser colocados en su preciso lugar. Un libro había permanecido solitario en un estante alto, en espera. De lejos, no reconocí su tapa ni sus colores. Me acerqué para tomarlo y aparté mi mano con rapidez: estaba cliente como un ladrillo al fuego. No se dejaba, me eludía, se negaba a ser movido. Me subí a la pequeña escalera que tengo en el cuarto de lectura y sin tocarlo vi el título: LIBRO DE LAS PALABRAS INVISIBLES.
Tomé la gamuza con que les estaba sacándole polvo del tiempo y lento, lento, fui acercando mi mano. Libro desconocido… ¿Cómo llegaste aquí?, pensé.
Pude tomarlo sin quemarme. En la soledad del estante, sin el arrullo de los demás, se estaba enfriando a prisa. Lo abrí en cualquier página: blanco, solo blanco desde la página 1 hasta la contratapa. Solo las palabras góticas en la tapa y eran doradas, talladas, bellas.
Qué sentido tenía todo eso, no lo sabía. Me senté en el sillón. Me pregunté quién se había molestado en enviarme, regalarme eso, o en qué librería de viejo lo había comprado y nunca abierto.
Miré la primera página detenidamente. Después de colocarme los anteojos y ante mi vista comenzaron a aparecer palabras que relataban exactamente lo que había estado haciendo desde esa mañana: “Estoy reordenando mi biblioteca. No es nunca una fácil tarea, se los puedo asegurar” y de esa manera, seguía hasta volver a la primera línea nuevamente.
Leí la siguiente página y apareció: “Hoy me levanté con ganas de escribir”. Seguramente era la página de mañana. Al tercer día lo comprobé.
Aún no puedo saber si lo que yo leo en el libro es lo que voy haciendo o si es él quien dicta mi vida.