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CARTAS A CASANDRA XXVII

Cartas desde mi infierno (21)

[i]“A lo largo de la fase fálica los hombres comienzan a experimentar sentimientos sexuales hacia sus madres; ven a sus padres como competidores y temen ser castrados, proceso que resulta en el complejo de Edipo. La obsesión en esta fase genital puede conducir a la desviación sexual o a la identificación con identidades sexuales débiles y confusas”. Sigmund Freud.[/i]

Vaga mi imaginación por un miembro en deliciosa erección, una verga dura, roja, como un ídolo fálico imponente, siente su dureza erótica, de macho, mi mano lo aferra por el tallo endurecido, imagino tocarlo con la punta de mi lengua como si fuera un botón de flor, rodearlo tiernamente con mis labios, estremecerlo en el deseo que me consume, sentir su tierna dureza en mi boca y mamarlo hasta tu orgasmo, hasta la eyaculación inevitable, el pene erecto brilla humedecido en un ámbito de luz erótica, mi mano lo toca, lo acaricia, lo masturba, está inhiesto, duro, orgulloso, cumbre de placer, túmulo de delicias, columna carnal, de suave tacto, de impúdica y ansiosa erección, enciende todas las ansias, carnal capullo en tierna espera de mi mano, de mis labios, de mi boca, descansa o acecha, quieto y delicado, delicioso en su férrea virilidad. Busca en la caricia deslizante, en la escurríente saliva, en la mano de macho que lo atrape la erección sensible y gozosa que lo lleve en un suave orgasmo a la densa y vibrante eyaculación. La mente lujuriosa juega con ese miembro erecto, potente, erguido como un mástil orgulloso, ve su piel oscura, el glande violáceo, brillante por la intensa erección, puede sentir en sus dedos pecadores la sensación del tacto de la verga, esa mezcla de dureza y suavidad a la vez, imagina como sería tomarlo con toda la mano, sentir esa musculatura vertical latiendo como un animal vivo y penetrante. Mi mano en el vientre, en la maraña oscura de una selva sedosa, una torre roja, rígida, ardiente, despierta urgida en el deseo con su altiva cúpula brillante y sus latidos anhelantes, sentí el tacto de una dureza erecta, rígida, tiesa, la tibia sensación carnal de su turgencia, de una verga punzante y su semen como una lava. Mi mano se desliza hasta la erecta virilidad anhelante, y allí se empuña la tierna columna fálica, aferra el miembro erguido haciendo aflorar la turgente cabeza, aprieta el miembro, túrgido, agrandado y reluciente como un tótem violento que surge en medio del velludo pubis, coge el ídolo de tibia carne y mármol ancestral y lo tensa, lo aprieta, lo pulsa, mi mano es ritmo, cadencia, un arriba y abajo lento e intenso sobre la carne henchida en cadencia ondulante, vaivén, mástil erectísimo, el falo es una torre carnal y sensible que se derrumba como una víbora ansiosa y se rinde a un placer insoportable. Algo tibio pero quemante, lácteo manantial surge, escurre, un íntimo fluido denso y suave, un brebaje como una miel blanca y delicada, unta. Un pene hinchado, un imponente falo febril y endurecido, desafiante, se vierte saciado en un caliente brebaje lechoso que escurre por mano quemándola en un breve infierno.
Valmont, en tu deseo.